El agua al límite: la ONU alerta por un colapso ambiental sin retorno

Rio Uruguay

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) advirtió que el planeta ha entrado en una etapa de bancarrota hídrica, un fenómeno ambiental crítico que ya está provocando pérdidas irreversibles en ríos, acuíferos, glaciares y humedales. Lejos de tratarse solo de un problema de abastecimiento para las personas, el concepto describe un quiebre profundo de los sistemas naturales que sostienen el ciclo del agua y la vida.

Según el Instituto para el Agua, el Medio Ambiente y la Salud de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU-INWEH), más de 4.000 millones de personas sufren escasez severa de agua al menos un mes al año, mientras que el 75% de la población mundial vive en países con inseguridad hídrica o condiciones críticas. Detrás de esas cifras se esconde un deterioro acelerado de ecosistemas que históricamente regulaban el clima, la biodiversidad y la disponibilidad de agua dulce.

Cuando el ciclo del agua se rompe

La bancarrota hídrica se define como un estado sistémico de agotamiento, en el que la extracción de agua supera de manera permanente la capacidad de recarga natural. A diferencia del estrés hídrico —que puede ser coyuntural— este colapso ambiental implica la pérdida definitiva del capital natural, dejando a las regiones sin posibilidad de recuperación ecológica.

Ríos que ya no llegan al mar, acuíferos fósiles en declive, glaciares en retroceso acelerado y humedales drenados o degradados son algunas de las señales más visibles de este proceso. La consecuencia directa es la pérdida de servicios ecosistémicos clave: regulación de inundaciones, recarga de napas, almacenamiento de carbono y soporte para la biodiversidad.

Agricultura bajo presión y suelos en degradación

El impacto ambiental también se refleja con fuerza en los sistemas productivos. De acuerdo con datos citados por Reuters, unas 170 millones de hectáreas de cultivos irrigados —una superficie mayor que la de Irán— enfrentan altos niveles de estrés hídrico. El uso intensivo del agua, sumado a la degradación de suelos y al agotamiento de acuíferos, reduce la resiliencia de los agroecosistemas y profundiza la desertificación.

Este deterioro, combinado con el cambio climático, genera daños económicos globales que superan los USD 300.000 millones anuales, pero también acelera la pérdida de biodiversidad y compromete la seguridad alimentaria a largo plazo.

Una crisis ambiental y climática interconectada

Desde la ONU advierten que la bancarrota hídrica no es solo una consecuencia del cambio climático, sino también un factor que lo retroalimenta. La destrucción de humedales y la desaparición de glaciares reducen la capacidad de los ecosistemas para amortiguar eventos extremos, como sequías prolongadas e inundaciones repentinas, agravando los impactos climáticos.

Frente a este escenario, los organismos internacionales llaman a reconocer al agua como un activo ambiental estratégico, avanzar en políticas de conservación, restauración de ecosistemas y uso eficiente del recurso, y repensar los modelos de desarrollo basados en la sobreexplotación hídrica.

La advertencia es contundente: sin un cambio de enfoque que priorice la salud de los ecosistemas, la bancarrota hídrica dejará cicatrices ambientales irreversibles y pondrá en jaque la capacidad del planeta para sostener la vida tal como la conocemos.