Incendios en Chubut: la sequía, el viento y la falta de agua agravan una emergencia ambiental sin precedentes

Incendios Forestales

“Estamos desesperados. El fuego es enorme y cuando empiece a soplar viento, nos come”. El testimonio de los pobladores de Cholila resume la gravedad de una situación que ya dejó de ser solo un incendio forestal para convertirse en una emergencia ambiental y social de gran escala. En la zona de Cholila y el Parque Nacional Los Alerces, el avance del fuego expone con crudeza los efectos de la sequía prolongada, el agotamiento de los recursos hídricos y la creciente vulnerabilidad de las comunidades rurales frente al cambio climático.

Desde hace varios días, vecinos y brigadistas siguen minuto a minuto el pronóstico del tiempo, aferrados a la esperanza de una lluvia que permita frenar las llamas. En la madrugada del martes, una precipitación leve y breve trajo un alivio momentáneo. Sin embargo, el descenso de temperatura duró poco: horas más tarde, el aumento térmico y las ráfagas de viento devolvieron la tensión a la región.

“La precipitación fue mínima. Con la sequía que hay, apenas alcanzó para aplacar la atmósfera”, explicó Laura Migrantes, coordinadora del Comité de Emergencia de los incendios en Chubut. Según advirtió, serían necesarios al menos 15 milímetros de lluvia para que el impacto sea significativo sobre un incendio de esta magnitud. Mientras tanto, las columnas de humo continúan activas y el frente ígneo mantiene un comportamiento errático y peligroso.

Hasta el momento, el fuego destruyó tres viviendas y dos galpones en Villa Lago Rivadavia, el paraje El Blanco y la Eco Aldea, afectando no solo infraestructura sino también proyectos de vida ligados al entorno natural. El incendio, que ya avanzó unos 40 kilómetros y logró cruzar dos lagos en pocas horas, pone en jaque uno de los ecosistemas más valiosos de la Patagonia, con consecuencias que podrían extenderse por décadas.

Aprovechando una ventana climática favorable, este martes pudieron operar medios aéreos en los puntos más críticos: Valle El Blanco, Cholila, Los Murmullos y Laguna Villarino. En paralelo, maquinaria pesada trabaja para abrir cortafuegos y reducir la carga de material combustible, una tarea clave ante el pronóstico de vientos intensos. En total, alrededor de 600 brigadistas combaten el fuego, mientras se refuerzan las líneas de defensa para evitar que las llamas avancen hacia Esquel, ubicada a apenas 24 kilómetros.

La emergencia también dejó al descubierto la fragilidad de los servicios básicos. “Cada vez hay menos agua, los pozos se secan, las bombas se rompen y hoy estuvimos sin luz”, relatan los vecinos. En un contexto de sequía extrema, la falta de agua potable se vuelve un factor crítico tanto para el combate del fuego como para la vida cotidiana.

A unos cinco kilómetros de las llamas, el Centro Educativo Agrotécnico (CEA) de Cholila se convirtió en un punto clave de prevención comunitaria. Allí, docentes y personal pusieron a prueba equipos recibidos gracias a donaciones solidarias. “Estábamos sin equipamiento y la comunidad respondió con motobombas, tótems y mangas que cuestan alrededor de un millón de pesos cada una”, explicó Florencia Oyharcabal, directora de la institución de la Fundación Cruzada Patagónica, ubicada en una zona rural de alto riesgo.

El incendio en Los Alerces vuelve a encender una alarma que se repite cada verano: la combinación de sequía prolongada, altas temperaturas y vientos intensos ya no es excepcional, sino parte de una nueva normalidad climática. Frente a este escenario, especialistas y comunidades coinciden en la urgencia de fortalecer la prevención, invertir en infraestructura hídrica y reforzar las políticas de manejo del fuego para proteger tanto los ecosistemas como a quienes habitan el territorio.