Yacyretá: más de tres décadas transformando la fuerza del Paraná en energía
El 2 de septiembre de 1994, el río Paraná entró en una nueva etapa de su historia. Ese día comenzó a funcionar la Unidad Generadora N.º 1 (UG1) de la Central Hidroeléctrica Yacyretá, dando inicio a la producción de energía de una obra concebida y desarrollada conjuntamente por Argentina y Paraguay.
La primera puesta en marcha se realizó a una cota de 76 metros sobre el nivel del mar. Era el comienzo de la generación eléctrica, pero también el resultado de un proyecto que había demandado años de acuerdos, planificación y construcción.
El antecedente fundamental había sido el Tratado de Yacyretá, firmado una década antes, que estableció las bases para el aprovechamiento hidroeléctrico del Paraná. La iniciativa tenía como objetivo central producir energía, aunque también fue planteada como una herramienta para promover el desarrollo económico y social de ambos países.
Una obra que atravesó generaciones
La construcción comenzó el 3 de diciembre de 1983. Desde entonces, el proyecto atravesó diferentes gobiernos y etapas hasta llegar a la puesta en funcionamiento de la primera unidad generadora.
La central fue incorporando progresivamente sus equipos hasta que, el 7 de julio de 1998, finalizaron las obras principales y Yacyretá ya contaba con sus 20 unidades generadoras.
Pero la obra todavía no había alcanzado todo su potencial.
En ese momento, la central utilizaba aproximadamente el 60 % de su capacidad, debido a que el embalse aún no había alcanzado su nivel de llenado definitivo. La infraestructura estaba construida, pero el proyecto necesitaba completar otra de sus etapas fundamentales.
El proceso continuó durante los años siguientes. El 17 de diciembre de 2003, los presidentes Néstor Kirchner, por Argentina, y Nicanor Duarte Frutos, por Paraguay, tomaron la decisión de avanzar con la conclusión definitiva de las obras pendientes.
2011: el proyecto alcanza su capacidad plena
El último gran capítulo de esta historia llegó el 12 de febrero de 2011, cuando el embalse alcanzó su llenado completo.
Con ese hito, la infraestructura proyectada décadas antes pudo ser aprovechada plenamente. Yacyretá pasó así a consolidarse como una pieza fundamental del sistema energético argentino.
Según los datos mencionados en la fuente, la central genera aproximadamente el 14 % de la demanda nacional de energía eléctrica. La magnitud de ese aporte permite dimensionar el papel que adquirió la represa en el abastecimiento del país, transformando la energía del Paraná en electricidad para hogares y actividades productivas.
La otra cara de la transformación del Paraná
Pero la historia de Yacyretá no puede ser contada únicamente desde la generación eléctrica.
La construcción de una represa de esta magnitud significó una profunda transformación del río y de los territorios vinculados con su curso. La formación del embalse modificó ambientes, dinámicas naturales y ecosistemas asociados al Paraná, además de generar impactos sociales y territoriales que forman parte de la historia de la obra.
En ese sentido, Yacyretá también constituye un ejemplo de los desafíos que presentan las grandes obras hidroeléctricas: aprovechar un recurso renovable para producir energía y, al mismo tiempo, gestionar las consecuencias ambientales y territoriales de intervenir un sistema fluvial a gran escala.
Más de tres décadas después
A más de treinta años de la puesta en marcha de la primera unidad, Yacyretá sigue siendo una de las principales obras energéticas de Argentina y Paraguay.
Su historia estuvo marcada por distintas etapas, gobiernos y dificultades. Desde el comienzo de la construcción en 1983 hasta el llenado completo del embalse en 2011 transcurrieron casi tres décadas.
El 2 de septiembre de 1994 quedó, sin embargo, como la fecha que cambió definitivamente la historia del proyecto: fue el día en que la primera turbina comenzó a girar y el Paraná empezó a convertirse, de manera concreta y a gran escala, en electricidad.
Yacyretá quedó así como símbolo de una obra concebida entre dos países para aprovechar la fuerza de un río compartido, pero también como recordatorio de que toda transformación de un gran sistema natural deja una huella que se extiende mucho más allá de la generación de energía.