Patagonia Azul y Brasil unen datos para revelar la ruta migratoria de las ballenas jorobadas en el Atlántico Sur
Una red de investigadores y «científicos ciudadanos» logró reconstruir parte de uno de los grandes enigmas de la fauna marina del Atlántico Sudoccidental: el recorrido de las ballenas jorobadas entre las aguas de alimentación de la Patagonia y las zonas de reproducción de Brasil.
El trabajo conjunto entre el Parque Provincial Patagonia Azul, en Chubut, y equipos de monitoreo de la costa del estado de San Pablo permitió vincular por primera vez registros fotográficos de individuos observados en ambos extremos de la migración, aportando nueva evidencia sobre cómo una población en recuperación modifica sus hábitos para explorar nuevas áreas de alimentación.
El hallazgo constituye un avance significativo para comprender la dinámica de una especie que, tras décadas de recuperación luego de la prohibición de la caza comercial, supera actualmente los 30.000 ejemplares en el Atlántico Sudoccidental.
Un rompecabezas que comienza a completarse
Las ballenas jorobadas realizan cada año una de las migraciones más extensas del planeta. Durante el invierno austral se alimentan en las aguas frías del extremo sur, mientras que en esta época del año se encuentran en las aguas cálidas de Brasil para reproducirse y dar a luz a sus crías.
Sin embargo, el trayecto entre ambos extremos seguía siendo uno de los aspectos menos conocidos de su biología debido a la enorme extensión oceánica y a la baja probabilidad de observar individuos durante el viaje.
«Durante todos estos viajes las incógnitas suelen estar en toda el área entre medio, ya que la densidad de ballenas, y por lo tanto la probabilidad de verlas, es menor», explica Lucas Beltramino, biólogo e investigador del Parque Provincial Patagonia Azul.
Según el especialista, conocer estos desplazamientos resulta clave para identificar corredores biológicos, áreas críticas de alimentación y los riesgos que enfrentan durante sus migraciones.
La cola como una huella digital
El avance fue posible gracias a una técnica sencilla pero extremadamente eficaz: la fotoidentificación.
Cada ballena posee un patrón único de pigmentación y cicatrices en la parte inferior de la aleta caudal, equivalente a una huella digital. Fotografiar esa superficie permite reconocer individuos a lo largo de los años y comparar registros obtenidos en diferentes regiones del mundo.
Las imágenes tomadas por investigadores, operadores turísticos, navegantes y observadores voluntarios son incorporadas a bases de datos internacionales donde pueden ser cotejadas con miles de fotografías.
Gracias a este trabajo colaborativo, el equipo de Patagonia Azul ya identificó más de 250 ballenas y confirmó coincidencias con ejemplares registrados en el Canal Beagle, la Península Antártica, las islas Orcadas del Sur y las costas de Brasil.
«En conjunto, colegas desconocidos en un principio colaboramos para conocer más las áreas de uso de las ballenas y empezar a ver dónde están y cuándo a lo largo del año», destaca Beltramino.
Chubut, un eslabón clave del corredor biológico
Los estudios también modificaron el conocimiento sobre el papel que desempeña el litoral central de Chubut dentro de la migración.
Hasta hace pocos años se desconocía que una porción importante de la población del Atlántico Sur utilizara estas aguas durante aproximadamente seis meses al año como zona de alimentación.
El seguimiento satelital realizado en enero de este año confirmó incluso que algunos ejemplares permanecen durante semanas en la región antes de continuar viaje hacia sectores de alimentación antártica, mientras otros utilizan el Golfo San Jorge y las costas de Camarones como áreas estratégicas para recuperar energía.
Además, las condiciones ambientales permiten la presencia alternada de tres especies de ballenas a lo largo del año, consolidando al Parque Provincial Patagonia Azul como uno de los principales refugios marinos del país.
La ciencia ciudadana también produce conocimiento
Uno de los protagonistas de esta historia es Julio Cardoso, un abogado brasileño de 78 años que, tras una extensa carrera como director ejecutivo de grandes compañías industriales, decidió dedicar su retiro al monitoreo de cetáceos en Ilhabela, sobre la costa del estado de San Pablo.
Desde 2004 comenzó a registrar sistemáticamente la fauna marina junto a un grupo de voluntarios. Durante más de diez años no observó ballenas jorobadas. Esa realidad cambió radicalmente a partir de 2016.
Hoy su proyecto registra más de 900 individuos identificados y contabilizó 836 ejemplares solamente durante la última temporada.
Para Cardoso, la explicación está directamente vinculada con la recuperación poblacional lograda tras décadas de protección internacional.
«Entendemos que el punto clave es que la población del Atlántico Sudoccidental, que estaba muy reducida por la caza, hoy se recuperó y se estima que son más de 30 mil. De esta forma van a buscar nuevas áreas para alimentación y reproducción», sostiene.
Nuevos desafíos para la conservación
El crecimiento de la población también plantea nuevos desafíos.
Mientras las ballenas expanden sus áreas de distribución, aumentan las posibilidades de interacción con rutas marítimas, embarcaciones comerciales, pesca y actividades costeras.
Solo en el litoral paulista circulan más de 17.000 embarcaciones comerciales y deportivas, por lo que comprender dónde permanecen estos animales resulta fundamental para diseñar medidas de manejo y reducir los riesgos de colisión o perturbación.
La cooperación entre científicos profesionales y observadores voluntarios permitió establecer diez coincidencias directas entre ejemplares fotografiados en Brasil y los registrados en el Golfo San Jorge y Camarones, fortaleciendo una base de información que continúa creciendo año tras año.
Áreas protegidas para una especie sin fronteras
Los investigadores coinciden en que estos resultados demuestran la importancia de conservar corredores ecológicos a escala regional.
Las ballenas no reconocen límites políticos y dependen de ecosistemas saludables durante miles de kilómetros de recorrido.
«Ahí entra la importancia de las áreas marinas protegidas, porque sin estas áreas muchas de estas cosas no ocurrirían o al menos no al nivel en que ocurren», afirma Beltramino.
La experiencia conjunta entre Patagonia Azul y Brasil muestra cómo la ciencia colaborativa puede acelerar el conocimiento sobre especies altamente migratorias y aportar información esencial para su conservación. Cada fotografía incorporada al catálogo representa una nueva pieza del rompecabezas y confirma que proteger los ecosistemas marinos de la Patagonia también contribuye a la supervivencia de las ballenas que, meses después, recorrerán las cálidas aguas del litoral brasileño.