El mundo pierde tiempo frente a la crisis climática: las emisiones deben caer hasta un 69 % en 2040

Cambio CLI

Un nuevo informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) advierte que ya no sería posible evitar que el calentamiento global supere temporalmente el umbral de 1,5 °C. El escenario ahora apunta a limitar ese exceso a entre 1,7 °C y 1,8 °C y regresar a los niveles acordados antes de finalizar el siglo. Para lograrlo, la ciencia reclama recortes drásticos de emisiones, mientras los compromisos de los gobiernos siguen muy por debajo de lo necesario.

La ventana para evitar que el calentamiento global supere el límite de 1,5 °C se ha cerrado. Así lo advierte el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) en su reciente evaluación sobre las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. Después de décadas de reducción insuficiente de emisiones y compromisos climáticos débiles, el planeta se encamina hacia un período de sobrepasamiento de ese umbral, conocido como overshoot.

Frente a este escenario, el desafío ya no consiste únicamente en evitar que la temperatura global supere los 1,5 °C, sino en limitar el exceso a un máximo estimado de entre 1,7 °C y 1,8 °C y conseguir posteriormente que descienda hasta ese umbral o incluso por debajo de él antes de finalizar el siglo.

Sin embargo, ese eventual retorno no está garantizado. Requiere reducciones de emisiones mucho más rápidas y profundas que las contempladas en los actuales compromisos nacionales, además de una transformación acelerada de los sistemas energéticos y productivos.

La carrera contra el tiempo: cuánto deben reducirse las emisiones

Las cifras que plantea el escenario de reducción muestran la magnitud del desafío. Tomando como referencia las emisiones de 2025, sería necesario reducir las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero un 18 % para 2030, un 45 % para 2035 y al menos un 69 % para 2040.

La trayectoria exige comenzar con recortes inmediatos y sostenerlos durante las próximas décadas, hasta alcanzar emisiones netas cero y reducir progresivamente la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera.

No se trata solamente de una cuestión de velocidad, sino también de continuidad. Cada año de demora incrementa la dificultad de cumplir las metas posteriores y obliga a realizar reducciones todavía más pronunciadas en períodos más cortos.

Además, superar temporalmente los 1,5 °C implica riesgos adicionales. Algunos impactos climáticos pueden resultar irreversibles incluso si, posteriormente, la temperatura vuelve a descender. Por eso, limitar la magnitud y duración del sobrepasamiento será determinante para reducir los daños sobre los ecosistemas y las sociedades.

La distancia entre los compromisos políticos y las exigencias científicas

Uno de los principales problemas identificados por el PNUMA es la enorme diferencia entre las reducciones que necesita el planeta y las que prometieron realizar los gobiernos.

Las Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC) son los planes mediante los cuales los países que integran el Acuerdo de París establecen sus compromisos de reducción de emisiones y adaptación al cambio climático.

Aunque varios gobiernos presentaron versiones actualizadas de sus compromisos, el resultado continúa siendo insuficiente. Según las estimaciones planteadas, las nuevas promesas representarían reducciones de apenas entre el 5 % y el 8 % para 2030 y entre el 11 % y el 15 % para 2035, tomando como referencia los niveles de 2025.

La diferencia con los recortes necesarios evidencia una brecha de ambición que compromete los objetivos del Acuerdo de París. Si se mantienen las políticas y compromisos actuales, las proyecciones sitúan el calentamiento global en torno a los 2,6 °C para 2100.

Ese escenario superaría ampliamente los límites establecidos internacionalmente y aumentaría los riesgos de fenómenos meteorológicos extremos, pérdida de biodiversidad, alteraciones de los sistemas alimentarios, elevación del nivel del mar y daños crecientes sobre las poblaciones más vulnerables.

Remover carbono de la atmósfera: una tarea adicional

El desafío climático no termina con la reducción de las emisiones futuras. Si el planeta supera temporalmente los 1,5 °C, también será necesario retirar grandes cantidades de dióxido de carbono de la atmósfera para conseguir que la temperatura vuelva a descender.

Las estimaciones contemplan la necesidad de remover aproximadamente 320 gigatoneladas de CO₂ a lo largo de este siglo. Para ello se consideran alternativas naturales, como la restauración de bosques y otros ecosistemas capaces de almacenar carbono, y soluciones tecnológicas, entre ellas los sistemas de captura directa de CO₂ del aire.

Sin embargo, estas tecnologías todavía enfrentan importantes desafíos económicos, energéticos y de escalabilidad. Su desarrollo no puede convertirse en una excusa para postergar la reducción de emisiones en origen.

La conservación y restauración de los ecosistemas naturales, por su parte, cumplen una doble función: contribuyen a capturar carbono y permiten proteger la biodiversidad, cuya pérdida también se acelera como consecuencia del cambio climático.

La transición energética ya no puede esperar

Otro de los puntos centrales es la velocidad insuficiente de la transformación energética mundial. Para cumplir los objetivos acordados en el primer balance global de la COP28, es necesario triplicar la capacidad de energías renovables y acelerar la sustitución de los combustibles fósiles.

La expansión de la energía solar y eólica debe acompañarse de cambios profundos en los sistemas eléctricos, las redes de distribución, el transporte y los procesos industriales. Al mismo tiempo, resulta indispensable reducir progresivamente la dependencia del carbón, el petróleo y el gas.

El problema es que la transición avanza a un ritmo que todavía no se corresponde con la urgencia científica. Las inversiones y políticas actuales no garantizan la transformación necesaria para alcanzar las metas climáticas.

La advertencia del PNUMA vuelve a poner en evidencia una contradicción central de la política climática internacional: mientras la ciencia exige reducciones inmediatas y estructurales, los compromisos gubernamentales continúan avanzando de manera fragmentada y por debajo de lo necesario.

El margen de maniobra se reduce. Limitar el sobrepasamiento de los 1,5 °C y lograr un eventual retorno exige mucho más que nuevas declaraciones de intención: requiere cambios concretos en los modelos energéticos y productivos, financiamiento suficiente y responsabilidades verificables. La posibilidad de recuperar parte del terreno perdido todavía depende de las decisiones que se tomen durante esta década.